miércoles, 7 de noviembre de 2012

“Es mejor morir de un tiro a que me tiren en cachitos”: ‘La Comandante’

La mujer que se sumó a la vigilancia señala que está dispuesta a dar todo por su pueblo; “mi vida no vale nada”.


Guerrero.- Sé que mi vida ya no vale nada, pero de cualquier manera estaba en la lista de los sicarios y probablemente me iban a matar”, dice la mujer que tras el alzamiento armado del 27 de octubre es conocida en Olinalá, Guerrero, como La Comandante.
Entrevistada en el retén que llega desde la carretera de Paso Morelos, procedente de la región norte del estado, La Comandante refiere que en Olinalá la población llegó al hartazgo por la aparición de un grupo de delincuentes a quienes la autoridad municipal no les hacía siquiera una infracción de tránsito.
Por eso, ante la omisión de la policía municipal solicitaron la entrada del Ejército mexicano.
“Aquí muchas personas fueron secuestradas, muchas amenazadas y se dieron casos muy graves, veíamos gente mala patrullando nuestro pueblo, iban por las calles con sus armas, aparentemente cuernos de chivo y nuestro gobierno, nuestro presidente municipal no hacía nada por protegernos”, señala.
Indica: “Nosotros no pedimos otra cosas que seguridad, pero solo trataron de minimizarlo y decir que aquí no pasaba nada, por eso nos preguntábamos por qué la falta de interés”.
Comenta que tras el momento crítico del pasado 27 de octubre y la organización de los retenes ha recibido varias amenazas de muerte, pero sostiene que no encuentra la posibilidad de dar marcha atrás.
“Yo sé muy bien, estoy consciente de que mi cabeza ya no vale ni un centavo, sé que estoy dando mi vida y se la estoy dando al pueblo para ver si con esto las cosas mejoran”.

Admite que sobre ella pesa una sentencia, a partir de que la gente expulsada sigue libre, probablemente planeando como regresar y tomar venganza.
Pero insiste: “La verdad es que mi vida ya no me interesa. Me interesa más la seguridad del pueblo, porque tengo hijos y nietos. Tengo familia y no les podemos dejar algo así.
“Por eso decidí participar, vamos a trabajar por proteger a nuestra gente, nosotros estamos dispuestos a dar todo para que la paz vuelva al municipio, es mejor morir de un balazo a que me vengan a tirar en cachitos”.
La mujer, de unos 35 años, piel morena y voz clara admite que sobre sus espaldas carga una pesada sentencia.
Sabe que la gente expulsada el sábado antepasado todavía está libre, que en algún lugar probablemente planea la forma de regresar y tomar venganza.
Lo intuye porque de manera recurrente los vecinos van con ella y le platican sobre las amenazas que reciben en sus teléfonos de casa y en los celulares.
Les dicen que saben quiénes son, a qué se dedican y cuántos integran sus familias.
Los hombres que escuchan la entrevista en la polvorienta entrada de Olinalá la miran con admiración, sobre todo cuando insiste en que el movimiento que inició el 27 de octubre, día en que Guerrero se erigió como entidad federativa ya no tienen reversa.
“Yo, como muchos otros me decidí a participar pensando en el pueblo, vamos a trabajar para proteger a nuestra gente, nosotros estamos dispuestos a dar todo para que la paz vuelva al municipio”.


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